A mi hermanita

Las palabras no alcanzarán jamás para expresar todo el agradecimiento y todo el amor que siento por mi hermana.

Hace unos meses intenté hacerlo y este es el resultado:

Diana Carolina

Recuerdo los macilentos días en los que Diana Carolina odiaba su apellido:
días eternos, llenos de peleas y de felices reconciliaciones
pletóricos de juegos y de matas de balazo
de muñecas repollo y chillonas muñecas que decían mamá
de canarios y copetones presos en calabozos de melancólico gorjeo

Diana Carolina y yo cruzamos nadando los días ocres de la niñez:
ella soportando mi trato feroz con tierna paciencia
y yo sumiéndome en el mundo de la mediocridad,
de los trabajos a medias y de la alegría fácil

Los años han caído como hojas amarillas en el jardín de nuestra existencia
y el arrepentimiento me crece en la garganta como raíz de eucalipto
y me impide pedirle perdón por la pésima niñez que soportó por mi culpa
por los golpes que le infligí en las tardes de su inocencia
o por las vulgaridades que aún le digo…

Diana Carolina
berraquita de mi corazón;
hay momentos que su cristalina ausencia se empoza
en mi alma como agua de lluvia en charco viejo
y me siento tan solo,
tan anciano,
como árbol abandonado a la vera de una quebrada
o de un camino polvoriento
y espero su voz como el ciego añora la mano que lo guía
y deseo tanto que su cansancio halle reposo en mis hombros…

entonces llega y la recibo con la palabra más afilada que cruza mi cabeza
y se la lanzo como un guijarro a la noche
ella grita y aproxima momentos después su cabeza a mi hombro con dulce demora…

Diana Carolina, temo su alejamiento tanto como a la muerte
y al acero de su odio tanto como el cuchillo del asesino que se embosca en la noche
y a sus gritos tanto como a los muertos que caminan conmigo…

Para aquellos que no lo sepan Diana Carolina es el guardián que Dios
-viejo mañoso pero benévolo, hay que admitirlo-
puso para que no me desbarranque en la primera lluvia de irresponsabilidad
o me ahogue en el primer pantano de dolor

Diana Carolina, si supiera cuanto la quiero
y cuanta agonía nada en mi corazón cuando vislumbro
los posibles días en los que deba transitar sin ella
sin sus gritos de sargento segundo, sin su cálida asistencia
o cuánto dolor me produce trazar estas palabras…

Diana Carolina, milagro y bendición,
avenida asfaltada de propósitos violetas por la que caminamos los elegidos,
alegría y sentido de nuestra casa…

Diana Carolina…

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