Archivo diario: junio 11, 2008

Carta al silencio de la noche (6)

Hoy, mientras los árboles despedían su piel amarilla y las señoras caminaban con sus sueños de hocico largo, te vi sentada con tu esposo en el parque. Tú lo mirabas como si quisieras desentrañar de sus palabras las raíces de la sabiduría o, quizás, el néctar del amor. Él apenas movía los dedos mientras hablaba.

Me acordé, inevitablemente, cuando los dos hablábamos en sillas igualmente verdes y en parques igualmente grises. Yo movía mis brazos como aspas de avioneta herida y tú me mirabas con asombro. Luego, cuando los argumentos se marchitaban en mi garganta, me invitabas con un parpadeo lento a escoltarte en las grutas de la traición…

Luego, cuando el viento anunciaba su presencia en las cortinas, te levantabas con la mirada atardecida y con la desnudez tapándote el rubor; te vestías con lentitud que te sobró del cortejo anterior; al final, cuando estabas peinada y maquillada, te colgabas los doce kilos de decencia que llevabas para casos de emergencia. Lanzabas una mirada al naufragio de sábanas en el que nuestro amor naufragaba, y te ibas sin despedirte…

Después del tercer movimiento de dedos de tu marido se levantaron y se fueron caminando por el sendero del olvido. Cuando su imagen se borró en el horizonte me senté en la silla donde estaban sentados y miré el aire nacarado que nimbaba el escabel. Después, cuando la tarde abandonó su tristeza escarlata, recordé aquellos versos de Meira Delmar:

Cuando llegué te habías
ido del brazo de otro amor.

Y no quise decirte: «Vuelve,
perdóname esta vez,
se me hizo tarde,
fue un pequeño descuido
de la vida, una leve
distracción del destino».

Aquel silencio que selló mis labios
me hiere todavía el corazón.

Luego guarde la congoja en uno de los bolsillos del alma y me fui viendo como mis pasos roían el asfalto.

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Alusiones

Podría decirle al mundo cuál es tu nombre, cuál es el color de tus ojos y cómo son los milimétricos lunares que custodian tu espalda; podría hablarles, quizás, de la densidad de tu sonrisa y de tu voz tronchada en la penumbra; podría, posiblemente, hablarles de tu eclipses o de tus inclinaciones secretas… podría, pero no lo haré; tan sólo les dejare un poema de Ángel González para que saquen sus propias conclusiones.

Canción, Glosa Y Cuestiones

Ese lugar que tienes,
cielito lindo,
entre las piernas,
ese lugar tan íntimo
y querido,
es un lugar común.

Por lo citado y por lo concurrido.

Al fin, nada me importa:
me gusta en cualquier caso.

Pero hay algo que intriga.

¿Cómo
solar tan diminuto
puede ser compartido
por una población tan numerosa?

¿Qué estatutos regulan el prodigio?

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A mi hermanita

Las palabras no alcanzarán jamás para expresar todo el agradecimiento y todo el amor que siento por mi hermana.

Hace unos meses intenté hacerlo y este es el resultado:

Diana Carolina

Recuerdo los macilentos días en los que Diana Carolina odiaba su apellido:
días eternos, llenos de peleas y de felices reconciliaciones
pletóricos de juegos y de matas de balazo
de muñecas repollo y chillonas muñecas que decían mamá
de canarios y copetones presos en calabozos de melancólico gorjeo

Diana Carolina y yo cruzamos nadando los días ocres de la niñez:
ella soportando mi trato feroz con tierna paciencia
y yo sumiéndome en el mundo de la mediocridad,
de los trabajos a medias y de la alegría fácil

Los años han caído como hojas amarillas en el jardín de nuestra existencia
y el arrepentimiento me crece en la garganta como raíz de eucalipto
y me impide pedirle perdón por la pésima niñez que soportó por mi culpa
por los golpes que le infligí en las tardes de su inocencia
o por las vulgaridades que aún le digo…

Diana Carolina
berraquita de mi corazón;
hay momentos que su cristalina ausencia se empoza
en mi alma como agua de lluvia en charco viejo
y me siento tan solo,
tan anciano,
como árbol abandonado a la vera de una quebrada
o de un camino polvoriento
y espero su voz como el ciego añora la mano que lo guía
y deseo tanto que su cansancio halle reposo en mis hombros…

entonces llega y la recibo con la palabra más afilada que cruza mi cabeza
y se la lanzo como un guijarro a la noche
ella grita y aproxima momentos después su cabeza a mi hombro con dulce demora…

Diana Carolina, temo su alejamiento tanto como a la muerte
y al acero de su odio tanto como el cuchillo del asesino que se embosca en la noche
y a sus gritos tanto como a los muertos que caminan conmigo…

Para aquellos que no lo sepan Diana Carolina es el guardián que Dios
-viejo mañoso pero benévolo, hay que admitirlo-
puso para que no me desbarranque en la primera lluvia de irresponsabilidad
o me ahogue en el primer pantano de dolor

Diana Carolina, si supiera cuanto la quiero
y cuanta agonía nada en mi corazón cuando vislumbro
los posibles días en los que deba transitar sin ella
sin sus gritos de sargento segundo, sin su cálida asistencia
o cuánto dolor me produce trazar estas palabras…

Diana Carolina, milagro y bendición,
avenida asfaltada de propósitos violetas por la que caminamos los elegidos,
alegría y sentido de nuestra casa…

Diana Carolina…

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