Archivo diario: junio 6, 2008

Ella y Él (3)

La voz de ella tintineaba en su cabeza como las campanillas que meneaba su tía en la espesa floresta de las tardes de su niñez. El mayordomo, al oír la campana, llegaba arrastrando las frustraciones de una vida entregada a la ignominia de asistir durante cuarenta años a su primera y única novia. Después de atender las disposiciones daba media vuelta y se iba arrastrando la poca dignidad que se atascaba en el amor que aún le profesaba a su señora.

¡Ah, la tía Magnolia; con sus costumbres inútiles y su soltería a prueba de rufianes! Pensaba él detrás de la estela de humo de su cigarrillo.

Un instante después su mente retorna al sendero de voces agudas y secretos susurrados en las tinieblas de la tarde. Su imaginación, minutos después, trenza las palabras que ella le murmullo con acentos oídos bajo la canícula, al filo del mar, o en la humedad de las ciudades que resisten los inagotables aguaceros de los andes. Ninguno de ellos se ajustaba a la cadencia que escoltaba las palabras que ella pronunció.

El humo del cigarrillo entra a sus pulmones como una caricia seca del viento; sonríe al sentir sus pulmones llenos de tabaco; sopla con suavidad y el humo emerge, dócilmente, de su boca y de su nariz.

Observa los charcos que reflejan la luz de los faros y los círculos concéntricos que generan las gotas de la llovizna. Asiente lentamente. Sonríe de nuevo. Mira el reloj. Es media noche. Mira hacia arriba para ver la luz de la luna combatiendo con la densidad de las nubes. Así es el amor: la constante lucha de la vida contra la nebulosidad de la muerte.

Apaga el cigarrillo en el cenicero; se sienta, después de una silenciosa pausa, a escribir la primera de la abundante colección de misivas que le escribirá a aquella mujer de mirada gris que conocería por efectos del destino.

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Ella y Él (2)

Ella deseó contar toda su vida en un instante, a él, a aquel extraño que se presentaba ahora ante ella, tan indefenso tan límpido, tan él. Se levantó lentamente -el temblor en sus piernas no permitirían algo distinto- y caminó hacia él, hasta estar tan cerca, tanto como su valor lo permitió y, luego de mirarlo fijamente a los ojos por un sólo instante, se inclinó hacia él hasta alcanzar su oído logrando susurrar tímida, pasmosamente algo, algo que sólo ellos sabrían y que sólo tendría significado en el mundo que desde aquel instante, consideraron suyo, único y maravilloso. Luego, ella lo miró de nuevo, esta vez con esa mirada que sabemos gris, tan gris como la nostalgia; tomó sus cosas y se marchó. Él, se quedó parado allí, sin ser capaz de verla partir

Esa noche, ella soñó con tortugas voladoras y con pequeñas ciudades de juguete, fabricadas en oro y activadas mediante diminutos mecanismos, tuercas y tornillos que parecían dar vida a las pequeñas figuritas que por todas partes aparecían. Él, esa noche no durmió, debía recordar las palabras que le fueron entregadas esa tarde por ella. No podía olvidar…

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