Diana Marcela

En el segundo semestre del 2004 vi una materia que se llama Ecuaciones Diferenciales. A dicha asignatura no asistía con regularidad dado que estaba trabajando o, en el mejor de los casos, estaba mirando los turupes del techo de mi cuarto. Entre los compañeros de clase había una niña de cabello rubio a la que se le veía a kilómetros la ternura y la consagración por el estudio.

A esta clase, finalmente, no volví más gracias a que me empeciné en crear una teoría sobre la inclinación de los turupes y su incidencia en los fenómenos climáticos del Asía. Pero a la niña rubia, delicada y tierna, la volví a ver una mañana fría a una cuadra de mi apartamento. Se me hizo raro que estuviera por estos lados a esa hora, pero supuse que era una casualidad de aquellas que adornan el paisaje de nuestro pasado. Un mes después la volví a ver; esta vez, sin embargo, no estaba a una cuadra sino dentro del conjunto donde vivo. Esto ya no es casualidad, me dije cuando la vi. Le pregunte, por lo tanto, a boca de jarro: ¿tú vives acá? Sí, contesto ella sin dudar. Yo también vivo en este conjunto, con el deseo de asombrarla. Ahhh, contesto ella con desgano. Lo que pasa es que nosotros vimos una materia juntos; puntualicé; y se me hace raro que nunca nos hubiésemos encontrado en la buseta. ¿Viste una materia conmigo? Me dijo ella con los ojos abiertos -ahora sí había logrado sorprenderla-. Sí; ¿no te acuerdas? Le dije con seriedad; Ecuaciones Diferenciales, rematé. Yo nunca te vi, me contestó. Los interrogantes se fueron multiplicando y las respuestas se fueron acumulando en aquella mañana soledad.

La amistad se sembró así de geranios y de magnolias en las ranuras de nuestras vidas. Ella sigue a cuarenta metros de mi apartamento estudiando matemáticas en tanto que yo sigo estudiando los grumos que el tiempo ha dejado en el techo de mi cuarto…

Les dejo, para no alargar más el cuento, con el poema que escribí a propósito de nuestra amistad una tarde de Septiembre del año 2006…

Diana Marcela

Llevas el sol en tu cabellera
la dócil pradera en tu mirada
y las preguntas te crecen en la garganta
como pétalos amarillos de diente de león

Desde la orilla de la congoja
veo como cruzas nadando el río a brazadas de optimismo
sin interesarte que la corriente te arrastre al remolino de la rutina
-aquella sal que corroe
que nos envejece
que marchita el enardecimiento de la juventud-

cántale a ese viejo mohoso de esperar que la vida llegue a su puerto
canciones no aprendidas en el basurero de su experiencia
para alegrar el morado ocaso de su tristeza
y la amarilla madrugada de su inabarcable perspectiva…

siéntate en la orilla de los ancianos y contágialos de tu juventud sin orillas,
de ese susurro verde que escapa de tu mirada en las noches novembrinas
y de esa linfa de confianza que te palpita en las venas…



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