Archivo diario: junio 4, 2008

Ella y Él (1)

Esta es una historia nacida de la imaginación. Los personajes, a pesar de ser reales como el viento y el agua, están puestos en contextos ajenos a su realidad lo que los hace ficticios.

Ella es una mujer de mirada profunda, escrutadora, quizás amenazante. La mirada de él, por el contrario, es melancólica, triste, apagada. Cuando ella habla las palabras salen en tropel como niños que emergen al parque de alguna esquina. Cuando él habla arrulla con palabras calculadas a la decena del milímetro. A pesar que los caracteres son desiguales el fondo es el mismo: nostalgia por la vida que huye de sus manos.

Una tarde de agosto sus miradas se encontraron accidentalmente. Ella no conocía el lenguaje de los párpados caídos y él no entendía la avidez con la que aquellos ojos cafés lo escrutaban. Ella venía de trabajar y él simplemente caminaba por las calles fracturadas. El cruce de palabras no supero la tímida disculpa y un par de monosílabos. Ella siguió pensando en la luna y las estrellas; él continúo con la mirada hincada en las líneas del suelo. Siguieron sus caminos alados.

Años después se hallaron en la misma mesa de la biblioteca. Ella lo había olvidado; él, por el contrario, la recordaba perfectamente: los ojos cafés, los labios delgados, las pecas estratégicamente ubicadas; la nariz perfecta, delgada, respingada que atrajo su mirada la primera vez; y al final, en la cima del conjunto, aquellos ojos inmensos, superlativos, descomunales que devoraban, desnudaban, desmigajaban el alma. Ella, a pesar de sentir la mirada clavada en la mitad de la frente, como una daga etérea, no levantaba los ojos del libro. Él la miraba descaradamente; ella se clavaba cada vez más en las mismas letras muertas esperando que él se fuera. Al final él se levanto, la miró por última vez y se fue a caminar por las riberas de su mente.

Hoy, al filo del plomo que desciende en las tardes de junio en esta ciudad fría, ella se encontraba acongojada por trabajos angulosos. Su mirada se hallaba perdida en las constelaciones jurídicas cuando escucho una voz terrosa que indagaba por el peso del tiempo y por el color de la nostalgia. Ella lo miró y lo recordó escudriñándola en la biblioteca meses atrás. No pudo evitar una sonrisa amplia, alargada como una estrella fugaz. Él le correspondió con una sonrisa de 38 grados de inclinación nororiente. Las miradas naufragaron en la catarata de aclaraciones que ella proporcionaba, en tanto que las manos de ella se movían nerviosas debajo de la mesa y las de él sudaban en los bolsillos del pantalón…

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Pueblo Blanco (Joan Manuel Serrat)

Sobre recaídas y rehabilitaciones hablaba Cortazar a su tía en una poema titulado Me Caigo y Me Levanto. Sobre derrumbes y catástrofes versan los documentales del Discovery Channel. Sobre asesinatos, desapariciones y torturas tratan las noticias. Al parecer la vida, y el mundo en el que esta camina, es un continuo y eficiente abatimiento de sus elementos constitutivos. Todo en ellos –en la vida y en el mundo- es cambiar, evolucionar y morir; si esto es así ¿de qué sirve vivir si terminaremos en una fosa o en un panteón? La pregunta, puesta sobre la clara hoja, se ve más tersa, menos híspida: no tiene las cortantes de las reflexiones ni las espinas de la desilusión.

Hace unos años, por otra parte, en el precipicio de un despecho, compre un par de Cd’s de Joan Manuel Serrat. Entre las canciones había una que me gustaba justamente porque abordaba el tema con la mansedumbre de las sinfonías y con el rigor del analista; el argumento de esta se insinúa,  tímido, en la descripción de un pueblo que muere en la indolencia del olvido y la arrogancia de sus habitantes…

Les dejo, pues, con una versión sinfónica de esta canción que encontré en el amando Youtube.

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