Archivo mensual: mayo 2008

No es que muera de amor (Jaime Sabines)

A Jaime Sabines lo conocí a comienzos del año 1998. Su voz resonó en mí como  las campanas oxidadas de las iglesias que amenazan ruina. Animado por su voz decidí buscar sus escritos en la biblioteca. Al leerlo me pareció, para serles franco, una porquería: los versos daban la sensación de estar incompletos además que habían varias cacofonías.

En el año 2006 lo encontré esperándome sobre una mesa de la Biblioteca Central, en la Universidad Nacional. Lo tome como el que toma una hoja que encuentra en el suelo. Luego de dos poemas quedé enamorado de la complejidad de su escritura y de la visceralidad de sus poemas. En ese momento su voz me pareció corta para la profundidad de su obra.

Los dejo, pues, con Jaime y su interpretación de No es que muera de amor

  


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Sin Titulo (1)

Cuando el sol queme mis ojos
y mis alas no engendren más el viento
contemplaré por última vez el incendio de tu cabello
y pereceré en el mar de tu olvido.

Desde el ángulo oscuro del cuarto su mirada inspecciona el tránsito del hilo de luz que deja entrar la ranura de la ventana. Sus palabras, secas como el viento, se enredan en la garganta. Ella, dándole la espalda, hace círculos en la sábana. El silencio gotea, pegajoso, en la penumbra. Los dos miden las dimensiones de su fracaso: él mide las aristas de su traición; ella las estrías de su desprecio. Saben que nada corregirá sus actos.

El silencio se rompe por dos golpes secos en la puerta. Intuyen la presencia de la administradora al otro lado de la puerta. Dos golpes más. Ella da media vuelta y se sienta al borde de la cama. Se rasca los ojos. Ya salimos; dice sin ánimo. Se escuchan los pasos de la administradora alejándose. Él se levanta y toma los pantalones que descansan sobre el tapete morado que cubren el piso del cuarto. Ella toma, a su vez, sus jeans de la silla vecina de la cama. Empiezan a vestirse con calma.

Después que están vestidos ella toma la maleta que cuelga de un gancho del cuarto. La apoya sobre la cama y abre la cremallera. Busca, lentamente, un objeto dentro de la mochila. Lo encuentra. Lo palpa sin sacarlo. Sonríe siniestramente. Lo saca con lentitud. A pesar de la penumbra se nota que es un revolver. Pedro está inclinado amarrándose los zapatos. Cristina apunta a la espalda abultada de Pedro. Levanta el martillo; el crujido del tambor girando alerta a Pedro. Se levanta ágilmente; queda frente a una sombra que le apunta.

-nunca te perdonaré el haberme obligado a abandonar a José; dice ella con voz trémula.

-Tú sabes muy bien que eso no es así; le contesta Pedro con todo el aplomo que puede acopiar

****

La administradora está recostada contra la pared del motel cuando escucha la detonación. Siente que un frío le recorre la espalda. Recuerda que aún queda una pareja. Camina rápidamente hacia el fondo del pasillo. El taconeo cascabelea en las paredes descascaradas. Se para frente a la puerta. Tintinean las llaves. Busca nerviosa la llave que tiene un nueve escrito con esmalte rojo. No la encuentra. Las manos le tiemblan. La sorprende emboscada detrás de un llavín amarillo. La introduce en la cerradura; da un giro con su muñeca; La chapa cede; empuja la puerta…

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Sobre tardes y amores

En tardes frías como esta es inevitable hacer el arqueo de los amores que nos han dejado.

En tardes lluviosas como la que camina afuera de este café internet (hoy cambié de sede para escribir) caminaba por las calles tomado de la mano de una mujer de mirada nostálgica y labios carnosos. Este amor, lastimosamente, pereció en la primera llovizna de adversidades.

Hace unos minutos, mientras tomaba pony malata, recordé a una muchacha que conocí en una cafetería muy parecida a la que me hallaba. Este amor se ahogo en naufragio de miradas y silencios en el que se sumieron nuestras conversaciones.

No puedo dejar atrás a Andrea, la mayor traga de mi vida. A ella la ame en silencio desde el año 88 hasta mediados del año 95. Creo que la mejor variante que existe de amor es la traga porque este amor no encadena ni condiciona. A Andrea, como les venía diciendo, la ame con fervor religioso, sentimiento que no me impidió cortejar a otras mujeres a la orilla de su talle. Ella nunca supo que la ame; es más, no supo de mi existencia hasta que, por cosas del destino, termine siendo su vecino. Luego, con el trajín de saludos vespertinos y conversaciones en las noches frías, el amor se fue diluyendo en la amistad desabrida que entablan los vecinos.

Inevitablemente me llega el recuerdo de Milena, mi primer amor. Cuando nos conocimos ella rondaba los seis años y yo enarbolaba orgullosos cinco años. Nuestro amor duró el fin de semana que su familia se quedo en las casas de mis padrinos (donde vivía mi familia en ese momento). A esa edad cualquier mirada o cualquier roce de manos se tomaba como la más larga y provechosa aventura. Fueron instantes sublimes que terminaroncon una mirada sombría y una mano despidiéndose por la ventana de una camioneta de mi padrino…

Tantos recuerdos que pasan por mi cabeza mientras espero que sean las siete de la noche para poder iniciar la clase que tengo programada…

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Jaime Sabines

Si alguien me preguntara el nombre del hombre que más sabe de mujeres yo no diría que es Brad Pitt ni mucho menos Beckham; yo aseguraría, sin temor a equivocarme, que el hombre que mejor conoce a las mujeres se llama Jaime Sabines. Y no es que él se hubiese acostado con muchas mujeres o que hubiese tendido a sus pies a las más codiciadas. No. Jaime no las conoció por la transitable vía de la pertenencia sino por el esquivo camino de la reflexión. Sus poemas demuestran que Jaime poseía la profundidad que soñaría tener Beckham o el desabrido Brad.

Pero no crean que el talento de Jaime se limitaba a las mujeres: también conocía las leyes del amor. En poemas como los amorosos o en me dueles se perciben las estrías de la pasión y de los que la ejercen. Los versos de sus poemas están diseñados para resonar al borde de un orgasmo o para tintinar en la oscuridad de la frustración.

Los dejo, pues, con una pequeñísima muestra de su obra poética…

ME TIENES EN TUS MANOS…

Me tienes en tus manos
y me lees lo mismo que un libro.
Sabes lo que yo ignoro
y me dices las cosas que no me digo.
Me aprendo en ti más que en mí mismo.
Eres como un milagro de todas horas,
como un dolor sin sitio.
Si no fueras mujer fueras mi amigo.
A veces quiero hablarte de mujeres
que a un lado tuyo persigo.
Eres como el perdón
y yo soy como tu hijo.
¿Qué buenos ojos tienes cuando estás conmigo?
¡Qué distante te haces y qué ausente
cuando a la soledad te sacrifico!
Dulce como tu nombre, como un higo,
me esperas en tu amor hasta que arribo.
Tú eres como mi casa,
eres como mi muerte, amor mío.

HE AQUÍ QUE TÚ ESTAS SOLA Y QUE ESTOY SOLO…

He aquí que tú estás sola y que estoy solo.
Haces tus cosas diariamente y piensas
y yo pienso y recuerdo y estoy solo.
A la misma hora nos recordamos algo
y nos sufrimos. Como una droga mía y tuya
somos, y una locura celular nos recorre
y una sangre rebelde y sin cansancio.
Se me va a hacer llagas este cuerpo solo,
se me caerá la carne trozo a trozo.
Esto es lejía y muerte.

El corrosivo estar, el malestar
muriendo es nuestra muerte.
Ya no sé dónde estás. Yo ya he olvidado
quién eres, dónde estás, cómo te llamas.
Yo soy sólo una parte, sólo un brazo,
una mitad apenas, sólo un brazo.
Te recuerdo en mi boca y en mis manos.
Con mi lengua y mis ojos y mis manos
te sé, sabes a amor, a dulce amor, a carne,
a siembra , a flor, hueles a amor, a ti,
hueles a sal, sabes a sal, amor y a mí.
En mis labios te sé, te reconozco,
y giras y eres y miras incansable
y toda tú me suenas
dentro del corazón como mi sangre.
Te digo que estoy solo y que me faltas.
Nos faltamos, amor, y nos morimos
y nada haremos ya sino morirnos.
Esto lo sé, amor, esto sabemos.
Hoy y mañana, así, y cuando estemos
en nuestros brazos simples y cansados,
me faltarás, amor, nos faltaremos.

ME DUELES

Mansamente, insoportablemente, me dueles.
Toma mi cabeza. Córtame el cuello.
Nada queda de mí después de este amor.

Entre los escombros de mi alma, búscame,
escúchame.
En algún sitio, mi voz sobreviviente, llama,
pide tu asombro, tu iluminado silencio.

Atravesando muros, atmósferas, edades,
tu rostro (tu rostro que parece que fuera cierto)
viene desde la muerte, desde antes
del primer día que despertara al mundo.

¡Qué claridad de rostro, qué ternura
de luz ensimismada,
qué dibujo de miel sobre hojas de agua!

Amo tus ojos, amo, amo tus ojos.
Soy como el hijo de tus ojos,
como una gota de tus ojos soy.
Levántame. De entre tus pies levántame, recógeme,
del suelo, de la sombra que pisas,
del rincón de tu cuarto que nunca ves en sueños.
Levántame. Porque he caído de tus manos
y quiero vivir, vivir, vivir.


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Sobre mujeres traidoras y consejos

En el compendio amoroso de todo hombre siempre habrá una mujer que lo sedujo y que, días después, lo abandonó para irse con otro hombre o para devolverse con el anterior. Estas mujeres son, por lo general, causa de interminables bebetas con amigos y de llamadas a media noche para decirle a la interpelada que el camino está franco para la absolución y el consecuente retorno a sus brazos.

Después que el implicado se reintegra a la vida amorosa aquellas mujeres pasan al rincón más oscuro de la memoria (junto a las fotos de disfraces vergonzantes o a los momentos bochornosos), lo cual ha causado que estas honorables mujeres pierdan el protagonismo que su empresa merece: sin ellas sería aún más insoportable el desfile de egos masculinos en la floresta del levante. ¿Se imaginan ustedes, mis queridas lectoras, cómo sería de cortante un ego sin haber pasado por las manos de estas loables mujeres?

Lo primero que tendrían que soportar sería el hecho que el hombre pensaría que usted está loca por él (siendo que la realidad da testimonio que el que está perdidamente enamorado es él); la pedantería sería insoportable y el tufillo de suficiencia sería insufrible.

En cambio un hombre que ha pasado por la “pulidora” es un ser humano que es consciente de sus limitaciones; sus palabras se ajustarán a la realidad de los hechos y sus actos serán consistentes con ellas; vivirá, en suma, bajo el faro de la realidad.

Les aconsejo, por ello, que si se encuentran a una mujer de aquellas que ofician de adúlteras tengan la caridad de presentárselas a sus novios para que ellos caigan en sus manos y valoren, ¡por fin! la serenidad, la sensatez y la integridad que ustedes les ofrecen. Les aseguro que ellas no durarán muchos con sus novios (¿quién se los puede aguantar por más de un par de horas?) y se los entregarán más dóciles que un cachorro de labrador.


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Carta de… ella

Entre los correos que recibí el lunes hay uno que merece ser destacado por la sinceridad de sus emociones. La autora del mismo me pidió, al preguntarle si podía publicarlo, que estaba facultado para hacerlo siempre y cuando su nombre no apareciera en ningún lugar. Le prometí, con la mano derecha sobre una biblia y la izquierda sobre la constitución (no sabía si soy ateo o no), que no diría su nombre.

Dado que cumplo lo que prometo, les dejo con la misiva de… ella.

Hola Diego. Qué triste es la carrera contra el tiempo, ¿no? Ya nadie se detiene a ver el amanecer, sólo se sabe que este indica otro día de ritual laboral, otra competencia con nuestro vecino (el que tose mucho) para ver cual se baña primero, cual desayuna primero, cual se aplica el talco primero (todo se oye). Claro que él no sabe que compite conmigo (ni siquiera ha de haber notado que en ocasiones canto las canciones que él escucha en su radio, por el sólo hecho de fastidiarlo -porque canto feo- o tal vez para avergonzarlo, aún no me decido). Creo seriamente que si algún día la esposa le esconde el espejo del baño, el sujeto ni se entera por lo condicionado que está; o de repente se sorprende al no verse allí, y piensa que ha muerto y que todo lo que hizo en la vida no significó mayor cosa, porque lo único que le preocupaba al instante de percatarse de su muerte era donde había puesto su corbata; entonces deseará devolver el tiempo, volver atrás mirar con otros ojos, insultar a su jefe, declararle su amor a Juli, la niña por la que suspiraba en el jardín infantil cuando era pequeño, abrazar a su esposa una vez más y perdonarla por hacerlo todo tan fácil, tan tranquilo, tan cómodo para él. Pero ya será demasiado tarde, porque el espejo ya había sido puesto en su lugar, y respirando tranquilo piensa: ya todo es como antes…

¿De noche miras las estrellas? o mejor, dadas las condiciones climáticas, ¿miras al cielo para tratar de encontrar alguna estrellita coqueta que quiera mostrarse más que el terrible cielo rosado de Bogotá? Es difícil, por lo general siempre miramos al suelo: tal vez nos seduce más encontrar el brillo de una moneda tirada en el piso, que el de una estrella “colgada del cielo” (claro que en la canción era la luna…)
Mi carrera contra el tiempo terminó y yo perdí; así que no queda más que disfrutar un poco, sufrir un poco, mirar un poco, ignorar un poco…casi nunca de manera equilibrada pero sí soportable. Este fin de semana fue lindo: clase el sábado, de 8 a.m a 3 p.m, con posterior viaje a mi casa pues mamá estaba de cumpleaños, acto seguido y debido al mal tiempo que se presentó, tanda películas, y arrunchis con mis padres (mis hermanos detestan las películas que elijo, prefiriendo excluirse del excelente plan), domingo de nuevo a la ciudad gris, y acá en el trabajo.
Hoy no es un buen día para escribir, creo que navego de nuevo por las turbulentas aguas de mi oscurantismo, y en estos días, un repliegue es lo más inteligente que atino hacer. Sin embargo, envío un poema de Raúl Gómez Jattin (me llamó muchísimo la atención que lo mencionaras en tu blog), que me ha estado dando vueltas últimamente y que hoy me parece oportuno.

¡Reclamo una sonrisa! si envías tu boca, debes enviarla con una sonrisa, pero si eres incapaz de una sonrisa, por favor no envíes una mueca: no quiero una boca insolente que se burle de mí, pero si una boca que me reciba con una sonrisa; de todas formas te agradezco el voto de confianza, y admiro tu entereza, porque en estos días, no todas las personas cumplen su palabra. Gracias por la foto, ya voy descifrando el misterio.

Un abrazote, que te rinda mucho todo lo que tienes que hacer, para que el tiempo no te gane.

Yo Tengo Para Ti Mi Buen Amigo…

Yo tengo para ti mi buen amigo
un corazón de mango del Sinú
oloroso
genuino
amable y tierno
(Mi resto es una llaga
una tierra de nadie
una pedrada
un abrir y cerrar de ojos
en noche ajena
unas manos que asesinan fantasmas)
Y un consejo


no te encuentres conmigo

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Sobre recuerdos y consentimientos

En mi niñez yo era el tirano de la casa: gritaba, exigía, lloraba, escupía y maldecía. Era, como lo ven, un niño encantador. Mi mamá respondía a estas ramplonerías con palmadas. Yo, al sentir el calor de la primera palmada le decía: no me dolió; deme más duro. Ella repetía el castigo. No me dolió; le decía de nuevo. Ella me pegaba varias veces con toda la fuerza de su mano; yo, al borde del llanto, la seguía instando para que me siguiera dando palmadas. Mi mamá, con el paso del tiempo, decidió cambiar la mansa mano por chanclas, palos y cables. La presencia de estos elementos me intimidó al comienzo, pero al final me importaba un pito el dolor, y la seguía invitando a que repitiera la reprimenda. No lo hacía por que sintiera placer en el dolor; no; lo hacía porque sabía que eso enfurecía más a mi mamá. Al final ella optó por cambiar el castigo físico por una cantaleta de horas que era capaz de asesinar a un marrano. La elección fue acertada a medias: prefería que me pegara a que me sometiera a esa tortura insufrible, pero seguía haciendo lo que me venía en gana. En los últimos años mi mamá ha decidido dejar de regañarme y, aún, de aconsejarme dejándome solo en la manigua de lobos y arpías.

Lo curioso del asunto es que las mujeres que me conocen de toda la vida, las que me conocen de algunos años y las que me acaban de conocer coinciden en que soy un hombre mimado. ¿Mimado? Me pregunto después que me lo dicen. Mi mamá siempre estuvo contra mis deseos; la vida no ha sido ni generosa ni mezquina conmigo; no he tenido un harem de mujeres que satisfagan mis deseos, no he tenido toneladas de dinero para satisfacer mis instintos. Nada de eso. ¿Por qué, vuelvo a preguntarme, consideran que soy un hombre mimado?

Si tú eres una de aquellas mujeres que me considera mimado te pido, ¡por el amor de Dios!, que me digas ¿por qué crees que soy un hombre mimado?

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