Carta al silencio de la noche (4)

Hoy mi mirada se encontró con la tuya frente a la biblioteca. Tus palabras, formales como tu ciencia, indicaron que la ausencia del cielo te está arrugando la dulzura que escondes bajo aquella indiferencia de mangas raídas y ribetes amarillos. Lamenté mi incapacidad de atarte al verbo ambarino que me acompaña en las tardes lluviosas de mayo. Luego, cuando el naufragio de frases de garita se agotaron, nos estudiamos con ternura, nos dimos un abrazo y nos sumergimos en nuestros representación de adultos formales.

Sé, a pesar del pesimismo que me arrebata el aliento en la lobreguez de mi soledad, que un día el forcejeo de nuestros destinos curvará el horizonte de tal forma que nuestros pasos convergerán al mismo punto; ese día, mi señora, las palabras, con sus arabescos y sus sinuosidades, nos transportarán a las praderas de la devoción y las manos, con su sinceridad, nos abrirán los postigos de la ternura.


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