Archivo diario: mayo 24, 2008

No es que muera de amor (Jaime Sabines)

A Jaime Sabines lo conocí a comienzos del año 1998. Su voz resonó en mí como  las campanas oxidadas de las iglesias que amenazan ruina. Animado por su voz decidí buscar sus escritos en la biblioteca. Al leerlo me pareció, para serles franco, una porquería: los versos daban la sensación de estar incompletos además que habían varias cacofonías.

En el año 2006 lo encontré esperándome sobre una mesa de la Biblioteca Central, en la Universidad Nacional. Lo tome como el que toma una hoja que encuentra en el suelo. Luego de dos poemas quedé enamorado de la complejidad de su escritura y de la visceralidad de sus poemas. En ese momento su voz me pareció corta para la profundidad de su obra.

Los dejo, pues, con Jaime y su interpretación de No es que muera de amor

  


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Sin Titulo (1)

Cuando el sol queme mis ojos
y mis alas no engendren más el viento
contemplaré por última vez el incendio de tu cabello
y pereceré en el mar de tu olvido.

Desde el ángulo oscuro del cuarto su mirada inspecciona el tránsito del hilo de luz que deja entrar la ranura de la ventana. Sus palabras, secas como el viento, se enredan en la garganta. Ella, dándole la espalda, hace círculos en la sábana. El silencio gotea, pegajoso, en la penumbra. Los dos miden las dimensiones de su fracaso: él mide las aristas de su traición; ella las estrías de su desprecio. Saben que nada corregirá sus actos.

El silencio se rompe por dos golpes secos en la puerta. Intuyen la presencia de la administradora al otro lado de la puerta. Dos golpes más. Ella da media vuelta y se sienta al borde de la cama. Se rasca los ojos. Ya salimos; dice sin ánimo. Se escuchan los pasos de la administradora alejándose. Él se levanta y toma los pantalones que descansan sobre el tapete morado que cubren el piso del cuarto. Ella toma, a su vez, sus jeans de la silla vecina de la cama. Empiezan a vestirse con calma.

Después que están vestidos ella toma la maleta que cuelga de un gancho del cuarto. La apoya sobre la cama y abre la cremallera. Busca, lentamente, un objeto dentro de la mochila. Lo encuentra. Lo palpa sin sacarlo. Sonríe siniestramente. Lo saca con lentitud. A pesar de la penumbra se nota que es un revolver. Pedro está inclinado amarrándose los zapatos. Cristina apunta a la espalda abultada de Pedro. Levanta el martillo; el crujido del tambor girando alerta a Pedro. Se levanta ágilmente; queda frente a una sombra que le apunta.

-nunca te perdonaré el haberme obligado a abandonar a José; dice ella con voz trémula.

-Tú sabes muy bien que eso no es así; le contesta Pedro con todo el aplomo que puede acopiar

****

La administradora está recostada contra la pared del motel cuando escucha la detonación. Siente que un frío le recorre la espalda. Recuerda que aún queda una pareja. Camina rápidamente hacia el fondo del pasillo. El taconeo cascabelea en las paredes descascaradas. Se para frente a la puerta. Tintinean las llaves. Busca nerviosa la llave que tiene un nueve escrito con esmalte rojo. No la encuentra. Las manos le tiemblan. La sorprende emboscada detrás de un llavín amarillo. La introduce en la cerradura; da un giro con su muñeca; La chapa cede; empuja la puerta…

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