A orillas de la Esperanza

El 3 de agosto de 1996 por algún giro del destino terminamos en el Parque de la Independencia Nabyl, Patiño, el negro y yo esperando que la tarde asomara su lomo. Después de almorzar con un Pielroja y un chocoramo Nabyl miró una palma que está en el centro del parque y nos dijo: Prometamos que en diez años exactamente nos encontraremos en este lugar. Después de mirarnos con cara de extrañeza aceptamos la invitación.

Diez años después, a las dos de la tarde, me senté en una silla que daba a la palma que iluminó ese mediodía a Nabyl. Sabía que nadie llegaría a la cita porque ese día el negro estaba en Miraflores, Gaviare; Patiño estaba en Grenoble, Francia y Nabyl llevaba más de cuatro años de muerto. Lo primero que pensé, mientras esperaba a personas que nunca llegarían, fue la imposibilidad que tenemos los mortales de hacer promesas: nadie que no pueda asegurar que mañana amanecerá vivo puede hacer un pacto de esa naturaleza. Luego de pensar en ello saqué una hoja y un esfero y escribí el siguiente poema:

A orillas de la esperanza

Hoy me senté en al ángulo oscuro del olvido para acechar los ausentes días de la juventud. Melancólicos resultados halle en la espera
                                                            (era previsibles, lo sé).
Vi las aristas más agudas de la soledad,
las hojas más afiladas de la traición
                                                           (mi traición),
la hoz segadora de la muerte,
oí también el cansado paso de los años
y su insistente taconeo por la ladera del olvido…

Vi la esperanza postrada ante la realidad
y tu recuerdo arrellanado en la cómoda poltrona
de las buenas maneras…

(Crudo espectáculo para alguien que le huye a la vida,
a la verdad
                   a la muerte
                                     y a tu metálica voz de autoridad).

Y mi voz desde lejos te reclamó
por la negra inclinación de tus ojos cuando me miran
por tu renuencia a la verdad
                                             a nuestra verdad
                                                                            a tu verdad
a la única verdad que anida en tu pecho
y que repta por tu sofisticado cuello
hasta el impreciso límite
del maldito silencio que lacera la arenosa orilla de mi sensatez …

(Frente al precipicio de los días descubro que respondes a mi acongojada realidad
con un muro impenetrable de silencio)

Hoy te espero desde la otra orilla del tiempo
con los pies enfangados de incertidumbre
y con las manos sangrantes…

y tú
        desde la confortable neutralidad miras y te ríes
calculas el imaginable resultado y vuelves a reír
para callar finalmente y retirarte por el ancho sendero del sentido común…

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