¡Mil disculpas!

La hermana de una ex novia es una mujer cariñosa, tierna y delicada en todos los lugares del mundo excepto en uno: en su carro. Cuando se sube a este la mujer frágil se transforma en un energúmeno capaz de engullirse cualquier peatón de un solo bocado. Ella, al igual que Ace Ventura, conduce con la cabeza afuera; sólo que no lo hace por parecer divertida, como el estúpido detective; no; lo hace para lanzar improperios a los conductores vecinos.

La única vez que tuve el infortunio de viajar con ella madreo a todos los conductores que se encontró en la carrera once en el trayecto de la cien a la setenta y dos. En los semáforos hundía el acelerador con rabia haciendo rugir el motor del carro. A los ocho segundos de estar el semáforo en rojo le gritaba a este: “oye hijueputa déjate de masturbarte y cambia ya”; cuando este daba luz verde, y no estaba de primeras, se pegaba al pito al tiempo que gritaba: “apúrate abuelita malparida”. Si estaba de primeras arrancaba haciendo chillar las llantas a la usanza hollywoodense. Luego, cuando salía del carro, se transfiguraba de nuevo en una mujer tierna y mansa.

Por qué les relato esto? Ayer después que leí el comentario que Gabriel Nacional, reflexioné sobre mi actitud y entendí que me pasa lo mismo que mi ex cuñada: me transformo en el blog. Si alguien pasa por la calle y me dice: “eres un idiota”, lo miro con desdén y sigo adelante. Pero no sé porque razón cuando leí el comentario de “Evocaciones no tan lejanas” me ofendí porque un cretino de algún lugar de España me dijo que era un idiota. Hombre, cosas perores me han dicho en la calle y no me he inmutado, ¿por qué, entonces, he de enfurecerme por esta nimiedad? ¿Por qué he de escribir post insultantes? No hay ninguna respuesta a estos interrogantes. Después de recapacitar toda la tarde concluí, sin embargo, que debía calmarme y pedir disculpas a mis lectores. Es por eso que estoy escribiendo este pequeño post: quiero que perdonen mi actitud infantil y pendenciera. Les prometo que no sucederá de nuevo sin importar lo que me digan; les prometo, igualmente, que si alguien escribe improperios no borraré la observación; la dejaré, por el contario, para que las mismas palabras sean el escarnio del que las escribió (no hay peor agravio que aparecer ante los ojos de los demás como una persona vulgar y conflictiva).

Pido de nuevo que me disculpen, no volverá a pasar, lo prometo.



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