Del tiempo y los cambios obrados por este

Ayer fui a esos desafortunados eventos que reúnen a la familia: un velorio. En él nos encontramos miembros de la familia que no nos habíamos visto en décadas. El encuentro con aquellos engranajes familiares perdidos en la geografía de la memoria hizo patente la herrumbre de los años. Casi nadie me conocía puesto que el pelo que otrora adornaba mi cabeza ha emigrado a la almohada o al piso; mi abdomen, asimismo, se ha inflado gracias a los excesos gastronómicos en los que he incurrido en los últimos cinco años y mis tersos pómulos de niño han sido reemplazados por la hirsuta barba de hombre sosegado.

Los demás, por supuesto, no han sido ajenos al desplome del tiempo. Los que antes exhibían prominentes barrigas ahora presentan vientres magros; los que ayer eran flacos hoy son, por el contrario, barrigones; los niños que corrían e importunaban con sus pilatunas hoy son hombre y mujeres con responsabilidades y compromisos; las mujeres que antaño seducían a la concurrencia por su juventud y belleza hogaño son mujeres maduras de mediana belleza. El tiempo, irreducible e implacable en su designio, nos ha conferido lo que hemos cultivado: dolores, penas, amarguras, felicidad, tranquilidad…

Frente a ese circo de mutaciones recordé la sabia frase de Nikos Kazantzakis: “el tiempo es la ley de Dios”.

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