Tradición, dignidad y celos

El escándalo del gobernador Eliot Spitzer me ha puesto a reflexionar sobre algunos asuntos:

En primer lugar la inclinación a la disipación de los gobernantes norteamericanos. El recuento podría iniciarse con el degenerado Edward Hyde, quien acostumbraba beber copiosamente, vestir prendas de mujer durante las audiencias públicas y apropiarse ilícitamente de los fondos de Nueva York y Nueva Jersey a principios del siglo XVIII, hasta el nunca olvidado escándalo de Bill Clinton con la becaria Mónica Lewinsky, pasando por Marion Barry, alcalde de Washington, a quien el mundo vio fumando crack en un cuarto de hotel. Nuestros gobernantes no han llegado a tener este grado de perversión: roban, estafan y mienten en los términos más caballerescos. Nunca los hemos visto subiendo prostitutas de la carrera trece o travestis de la carrera quince; jamás se les ha encontrado clavándose a su cuerpo nada distinto al aristocrático Whisky, y nunca, por el amor de dios, han salido a comparecer vestidos de mujeres. No me imagino al presidente Uribe con minifalda y top dirigiendo los consejos comunitarios y con un traje confeccionado en malla de encaje y lamé color oro, bordado de lentejuelas, canutillos, perlas, piedras, mostacillas, brillantes, cordón de oro y millaré, en la cumbre de Río.

En segundo lugar pensé en que la dignidad de la mujer en el coloso del norte está debajo que la de su homóloga latinoamericana. ¿Cómo es que esta pobre mujer soporta esta vejación sin emitir ni siquiera un resoplido? Si Silda, la mujer del gobernador, fuera latinoamericana Spitzar saldría a dar declaraciones con la cara aruñada, cojeando y sin dos dientes. Pero Silda no es latina sino norteamericana, razón por la que tiene que aguantar con estoicismo las infamias de su marido: tendrá que salir a las ruedas de prensa a defender los actos de su esposo como si fueran propios. ¡Qué horror!

Este suceso, por último, me hizo reflexionar sobre los celos. Los celos hubieran transformado a la mansa Silda en una fiera capas de destazar con sus manos a doce matones de la décima. Pero para que hayan celos debe hacer pasión, y esta, al parecer, es patrimonio exclusivo de los países del tercer mundo. Los hombres europeos son, por ejemplo, más fríos que los Alpes y las mujeres más rígidas que una tabla. Los hombres latinos, por el contrario, son más impetuosos que el río amazonas y las mujeres son más ardientes que el sol de la dorada. Eso son los latinos, ardor y vigor. Por ellos cuando el astado descubre su cornamenta ataca con la misma vehemencia con la que ama a la traidora, es decir, con el cuerpo y con el alma. Ante la traición nunca pondría la cara de tragedia al tiempo que se estaciona al lado de la traidora a escuchare como esta le cuenta al mundo su felonía. Jamás lo haría. Ven la diferencia entre el tercer mundo y el primer mundo: allá los cachos se llevan con resignación, acá se embisten con rabia.   Si Silda, repito, hubiera sido latina no saldría a defender a su marido frente al mundo, sino le hubiera dado una tanda de coscorrones con el sartén…

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