
Con la dulzura de tus dieciocho años sembrabas geranios en el tedio de la tarde y tu cuerpo de palmera encendía las pajizas miradas de tus compañeros. Yo, por el contrario, cargaba con dificultad una edad que, a fuerza de golpes y magulladuras, me quedaba pequeña.
Después de seguirte con la mirada por pasillos y pastizales el tiempo nos condujo al mismo callejón gris. Y fue justamente en esa calleja dónde las palabras se hicieron nubes y las miradas se transformaron en puentes que se perdían en el horizonte. El rincón plomizo se transformo, por tanto, en una sucursal del Olimpo con sueños danzantes y héroes de iluminado entendimiento. En aquello días tu mirada, dulce por axioma celestial, se incrustó en los cancerígenos pliegues de mi melancolía con la firmeza del rayo. Mis palabras raídas por el uso se incrustaron, a su vez, en la blanda comarca de tu corazón (esto no lo sé de cierto, pero lo supongo). El caso es que un día el mismo tiempo que nos unió decidió arrojarnos a caminos divergentes: a ti te envió a praderas azucaradas y a mí me lanzó a contornos espinosos. Desde ese momento no existe atardecer en el que no te vea caminar en busca de la sombra de los árboles; luego de rastrearte con la mirada, evoco las mañanas luminosas en las que compartimos arco iris y su repentina interrupción; en ese instante me derrito en palabras acuosas que lanzo a la brisa con la esperanza que te lleguen; doy media vuelta y continúo alambrando la cárcel que nos separa…











6 comentarios
Noviembre 30, 2008 a las 6:00 pm
Saludos, me sorprende sobremanera su redacción, en verdad hace usted un admirable uso de los adjetivos.
No había notado que tenía mi blog enlazado, con su permiso haré lo mismo.
Reciba un saludo de admiración desde Don Blog Pérez.
Noviembre 30, 2008 a las 7:05 pm
Me ha parecido precioso, muy muy emotivo.
Por distintas circuntancias de la vida acabamos separándonos de las personas a las que más queremos y con las que compartiríamos el resto de nuestras sonrisas.
Al final uno acaba amueblando el agujero en el que nos toca vivir para estar más cómodos y acabamos con insomnio de recordar los momentos en los que la vida nos brindó una oportunidad.
Diciembre 1, 2008 a las 12:22 am
Muchísimas gracias, amigo Tomaz, por los elogios. Su blog también se caracteriza por el buen manejo del lenguaje y por el adecuado manejo del humor.
Muchísimas gracias por el link.
Nos seguimos leyendo!!
Diciembre 1, 2008 a las 12:31 am
Algunas veces, mi dulce Capitana, no somos nosotros sino el tiempo el encargado de desmantelar el escenario y dejarnos a la deriva de nuestro dolor. Después, cuando el recuerdo desmenuza las noches de insomnio, vemos la valía de la pareja que partió con sonrisas aladas y besos ven huracanados…
Muchas gracias por continuar leyéndome.
Un abrazo inmenso desde la fría Bogotá
Diciembre 2, 2008 a las 8:43 pm
Con una frase me hiciste recordar al poeta Sabines…que buenos recuerdos, y que buen escrito el tuyo, como siempre. Y cómo se añoran esos buenos amores que se fueron, afortunadamente unos días más que otros, de lo contrario no tendríamos paz.
Diciembre 2, 2008 a las 8:55 pm
La frase a la que creo que aludes es, en efecto de Jaime Sabines:
Yo no lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
un día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)
En mi caso los amores que se han ido y los que “no empollaron” más que tristeza traen a mi corazón una suerte de añoranza cándida.
Gracias por los elogios
Un abrazo