Hace algunos años te veía sentada en la biblioteca estudiando geometría para el parcial o jugando futbol para ablandar los colmillos de la ansiedad. Aunque nunca hablamos supe de tu vida por las bien intencionadas observaciones de compañeros de clase. Por ellos supe, por ejemplo, que después de tres años de luchas, renunciaste a continuar en la fatigosa tarea de demostrar teoremas y hallar contraejemplos en las alforzas de la matemática. Tu abandono, aunque anunciado, fue doloroso para los que seguíamos tus movimientos desde las sombras del anonimato. Los días del semestre que inauguró el vacío eran pegajosos y fueron sedimentándose en los pulmones hasta ahogarnos.
Hoy, después de más de cuatro años de ausencia, veo tus ojos impresos en revistas magulladas y en afiches ajados, o en fotos en la orilla en piscinas de Miami acompañada de modelos de sonrisa reluciente y vientre cuadriculado. No sé si alegrarme por tu éxito o lamentar el asesinato de la mujer espontánea que iluminaba los salones con su sonrisa.









2 comentarios
Septiembre 29, 2008 a las 2:09 pm
Esta historia me ha dado mucha pena, supongo que todos tenemos un ángel de la guarda, por asi decirlo, que sigue nuestros pasos en la vida, alegrándose por nuestras victorias.
Un saludo.
Septiembre 29, 2008 a las 5:23 pm
Seguramente tú tienes cientos de ángeles siguiéndote los pasos y esperando el día en el que puedan salir del anonimato.
Un abrazote desde las montañas andinas.