Llegaste a mi casa como un relámpago que penetra la oscuridad. Tu mirada vagaba por las paredes y los cuadros de la sala. Estabas serena como las rosas que aguardan el arribo de la tormenta.
Yo, al contrario, me enredaba con las palabras y mis ojos transitaban intranquilos por los conocidos rincones de la casa.
Luego, en un momento maravilloso, tus ojos se quedaron fijos en los míos: el tiempo se detuvo a contemplarnos; Romualdo Brito ceso su melancólico gorjeo; la luz se hizo más tenue y mis palabras, lerdas hasta entonces, se envalentonaron. Sonreíste como si fueses brisa saludando el mar; sonreí como si fuera tierra húmeda aguardando el sol.
A partir de ese instante los otros se disolvieron en el naufragio de miradas y sonrisas. Cuando la charla se tornó en gritos y estos en baile, nos escabullimos a la terraza. Allí, con el amparo de las tinieblas, canjeamos las miradas por besos y las palabras por caricias…
Los demás eventos no los narro por manidos: sábanas abandonadas en el piso; cobijas zozobrando en la orilla de la cama; un hombre jadeante mirando el techo; una mujer descansando en el pecho ondulante del hombre; un par de cigarrillos reposando en el cenicero; el tránsito sosegado de los dedos sobre los rubios cabellos y las promesas de amor que se evaporan con las tinieblas.










