Después de leer a Doridan pensé que si el “yo” adolescente de dieciséis años entrara a la puerta de este cuarto y me viera, con camisa y saco de lana, escribiendo o leyendo día y noche me preguntaría con tono airado: “¿qué hizo conmigo, pedazo de güe*?”.
Quizás tenga razón: debí lanzare a las aventuras y a las emboscadas del destino en lugar de estar esperando que el mundo pase por esa ventana sin tocarme. Debí, tal vez, recorrer Latinoamérica a dedo, como a él le hubiera gustado; o irme, tal vez, de polizonte en algún barco. Todos sabemos, sin embargo, que no haré nada de esto porque las circunstancias han decidido que los únicos incidentes espectaculares que conoceré serán los que mi imaginación urda en noches febriles.
Lo anterior labra una duda en mi cabeza: ¿en qué momento canjee las aspiraciones por la comodidad?











3 comentarios
Julio 30, 2008 a las 10:10 am
A veces pienso que simplemente hay momentos en que el mundo nos sobrepasa y no acertamos a escoger el camino. Aunque también hay que tener en cuenta que los ojos de un niño solo ven media realidad (y los del adulto solo ven la otra media)… nunca nos ponemos de acuerdo!
[Gracias por el giño]
Julio 30, 2008 a las 10:15 am
Guiño* perdón
Julio 30, 2008 a las 9:30 pm
ArimaSen, es difícil unir los dos enfoques ya que los niños ven la realidad desde la expectativa y los hombres desde la experiencia.
Muchas gracias por la visita y por el comentario.
Nos seguimos leyendo!!