Venías del otoño hacia el invierno. Los árboles exhibían sus ramas sin hojas -salvo aquel arbusto rebelde que seguía verde a la sombra del tiempo-.
Venías distraída mirando al grupo de estudiantes que rasguñaban el sosiego del lugar. Caminabas, como decía, entretenida con la algarabía y con el suéter azul que vendría debajo (o quizás encima) de la docena de chaquetas que te amparaban de las uñas del frío invernal. Los rizos venían para mi desazón trincados por una cinta y tu cara imitaba el brillo del cielo.
No sabías –ni nunca sabrás – que te espiaba con el lente de ciento cincuenta milímetros que capturo el instante en el que retornaste a la niñez que escondes bajo los ribetes de la formalidad.










