Ella deseó contar toda su vida en un instante, a él, a aquel extraño que se presentaba ahora ante ella, tan indefenso tan límpido, tan él. Se levantó lentamente -el temblor en sus piernas no permitirían algo distinto- y caminó hacia él, hasta estar tan cerca, tanto como su valor lo permitió y, luego de mirarlo fijamente a los ojos por un sólo instante, se inclinó hacia él hasta alcanzar su oído logrando susurrar tímida, pasmosamente algo, algo que sólo ellos sabrían y que sólo tendría significado en el mundo que desde aquel instante, consideraron suyo, único y maravilloso. Luego, ella lo miró de nuevo, esta vez con esa mirada que sabemos gris, tan gris como la nostalgia; tomó sus cosas y se marchó. Él, se quedó parado allí, sin ser capaz de verla partir
Esa noche, ella soñó con tortugas voladoras y con pequeñas ciudades de juguete, fabricadas en oro y activadas mediante diminutos mecanismos, tuercas y tornillos que parecían dar vida a las pequeñas figuritas que por todas partes aparecían. Él, esa noche no durmió, debía recordar las palabras que le fueron entregadas esa tarde por ella. No podía olvidar…








