A Jaime Sabines lo conocí a comienzos del año 1998. Su voz resonó en mí como las campanas oxidadas de las iglesias que amenazan ruina. Animado por su voz decidí buscar sus escritos en la biblioteca. Al leerlo me pareció, para serles franco, una porquería: los versos daban la sensación de estar incompletos además que habían varias cacofonías.
En el año 2006 lo encontré esperándome sobre una mesa de la Biblioteca Central, en la Universidad Nacional. Lo tome como el que toma una hoja que encuentra en el suelo. Luego de dos poemas quedé enamorado de la complejidad de su escritura y de la visceralidad de sus poemas. En ese momento su voz me pareció corta para la profundidad de su obra.
Los dejo, pues, con Jaime y su interpretación de No es que muera de amor










