Hay momentos en los que queremos decirle a muestra amada cómo se encoge el corazón cuando su presencia se hace polvo; cómo su voz es sendero sobre el que nuestros pies se posan serenos. Hay días en los que queremos decirle que nuestra impaciencia es señuelo del verbo, o que sus doce kilos de ternura nos tallan en el pecho. Hay días, hay horas, en los que nuestras palabras se arrodillan ante el sentimiento y quedamos callados, como el cielo negro. Hay instantes, sin embargo, que el interrogante brota en compensación a este silencio…








