Sexo en los parques

Hacer el amor en lugares públicos debe ser agradable. Confieso que no me he solazado con el efímero polvo de pastizal o con el maloliente polvorete de baño público. Lo más cerca que he estado a esta actividad es un par de refriegas que he tenido acá, en mi cuarto, a plena luz del día, con tías y primitos corriendo por el apartamento. Nada más que eso. Los amigos y amigas que han realizado la fajina coinciden en que no es tan placentero como se murmura en los corredores: los arañazos, los olores fétidos, la arena en la las partes pudendas, la piquiña del pasto orinado, son razones que aducen para disuadir a los que no nos hemos lanzado a experimentar el sexo público. Si quiere hacer algo estimulante, me dicen, cómprese una buena botella de vino, una libra de fresas, una película porno bien sugestiva, encienda la chimenea e invite a una amiguita a su apartamento. Quisiera hacerle caso a mis bienintencionados amigos pero no puedo tomar vino porque me daría un derrame cerebral gracias a que tomo, desde hace cinco años, tegretol retard; las fresas me aflojan el estómago; las películas porno no son de mi agrado; no hay chimenea en el apartamento y si traigo una amiguita mi novia me obliga a tomarme una botella de vino, a zamparme dos libras de fresas y doce gramos de cianuro.

Si algún día decido probar suerte lo haré en el parque Volden, en Ámsterdam. ¿Por qué este lugar? Porque allí está permitido atizarse un par de revolconchis sin que la policía, los jueces, los militares o los simples peatones puedan reprimirlo. Ellos, de hecho, serán multados si se interponen en el ajetreo. El acto amoroso no se puede consumar, no obstante, a cualquier hora ni en cualquier sitio. En primer lugar no se puede hacer cerca de niños (como si uno pudiera tirar frente a la tierna mirada de un niño); sólo se puede hacer de noche (como si alguien lo pudiera hacer bajo la canícula primaveral) y no se pueden dejar, por supuesto, desperdicios en el parque.

(En un esfuerzo de imaginación, querido lector, piense cómo serían las cosas si Colombia adoptara la misma legislación. En primer lugar se verían señores cochambrosos con cajas de madera colgándoles del cuello pregonando en la entrada de los parques: cigarrillos, chicles, condones, espermicida, dispositivos intrauterinos. Adentro, en los vergeles, estarían, a la sombra de los árboles, algunos señores, con enormes cicatrices surcándoles la cara, esperando a la primera pareja que se bajara los pantalones o se quitara la ropa para atracarlos. En las bancas estarían dos o tres ancianos comentando los últimos coitos de la noche. ¡Sería horrible!)

Creo que las pocas parejas que acostumbraban lanzarse por las laderas del sexo en los parques no lo seguirán haciendo porque este perderá lo único que lo diferenciaba del sexo casero: la posibilidad que lo encontraran y lo detuvieran. Sin peligro no hay gusto. Esta medida impulsará, por lo tanto, a los kamikaze del sexo a probar nuevas variantes en lugares hasta ahora inexplorados. Esto estará por verse. Por ahora debemos solazarnos con la idea que hay un parque en el mundo donde podemos hacer la caída del ángel desde las ramas de los abedules, o en el que podemos cumplir nuestra fantasía de tener sexo como tarzan y Jane: colgados de los bejucos y gritando a voz en cuello.

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5 comentarios

Archivado bajo General, sexo

5 Respuestas a “Sexo en los parques

  1. jummm caballero, tegretol retard fueron mis “vitaminas” en la niñez junto con el famoso fenobarbital, de eso ya hace mas de una década, !!!ESTOY CURADO!!! hace muchos años, sin una sola pepa, con algo de alcohol de vez en cuando y con demasiado sexo, pero aclaro: no al parque jejejejeje

    saludos

  2. Diego Niño

    Apreciado Jaime, el tegretol es herencia de un accidente de tránsito de más de diez años; nada de fenobarbital, eso es otro nivel.

    Gracias por la visita

  3. Pingback: Historias y celebraciones « Con Vocación de Espina

  4. Diego Niño

    Ccomo sea…

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