Cuando el dolor macera los límites del alma con sus astillados dientes. Cuando los punzantes días se disuelven en una enjambre de emociones sin sentido. Cuando no queremos que la sensatez nos aconseje y cuando tenemos la certeza de la imposibilidad de remendar el alma sangrante recitamos los versos de Leonardo Favio:
Ya no creo en nada, ni en la flor
Voy a hundirme solo en la ciudad
Llueve y es mejor, vivo más mi soledad
Mi tristeza es mía y nada más…










