La sinuosa cadencia de la trompeta prepara el terreno para la infiltración subrepticia de los clarinetes y el aristocrático piano, el cual, con seis firmes pasos, precede al suave remolino de mansos vientos que suben por la cresta de la evocación hasta que el firme puntillazo del piano acalla su jovial incursión, preludiando así la aterciopelada voz de Rolando Laserie; él, en pleno uso de sus prerrogativas, cierra el paréntesis armónico con la descripción del hombre que mancillado por los años retorna a la arista delirante de reminiscencias










