Mi mamá dice que yo soy el ser humano más flojo que ha pisado la tierra, lo cual, aunque no lo crean, me alegra muchísimo. Soy flojo, soy inútil, ¡bendito sea el cielo!, me digo al tiempo que mi mamá empieza su tradicional cantilena. ¿Por qué, se preguntarán ustedes, este tipo se alegra de ser flojo? La respuesta mis queridos lectores es sencilla: al flojo nadie lo molesta.
En efecto: a una persona que tiene fama de holgazán nadie, por ejemplo, lo llama para que le ayude a hacer un trasteo porque sabe que el tipo llega a estorbar a los que realmente están trabajando. No lo llaman, asimismo, para que le haga un ensayo sobre la coyuntura política en Afganistán ni para que pague los recibos en el banco. No, no la hacen. Por ello el perezoso no sufre de las incomodidades que padecen las personas activas, las cuales, como es apenas lógico, todos mortifican con sus problemas: que el computador parpadea sospechosamente, llamemos a Carlos; que tengo un trabajo de economía, llamemos a Carlos; que la pata de la mesa de noche está cojeando, llamemos a Carlos; y así hasta el infinito. Entre tanto nosotros, los improductivos haraganes estamos viendo caer el polvo en un rayo de sol o estamos con el dedo metido en la nariz sin más presión que la causada por estás prácticas.
Les seguiría hablando de las ventajas de ser un gandul de no ser porque el sol está ofreciendo un espectáculo fascinante…










