Daniel Samper en la lúcida nota que escribió este mes para la revista Soho habla sobre las ventajas de ser un mal polvo. Sí, leyeron bien: las prerrogativas de ser pésimo en el ring de las cuatro tablas.
Daniel afirma que el sexo es una actividad que no merece ser elevada al sitial donde la instalaron los comerciantes ni se deben acatar las normas que estos señores le han impuesto al noble meneo. ¡Es cierto! ¿Cuántos de nosotros nos hemos puesto la coyunda de la competencia para impresionar a propios y extraños? La gran mayoría. ¿El sexo, entonces, en qué se transforma? En maratónicas jornadas deportivas que producen todo menos placer. ¿Acaso es placentero gemir, gritar, empujar, jadear y contonear durante tres horas seguidas? No, para nada. A los cincuenta minutos uno ya está pensando en la función biyectiva que demuestra que hay tantos números racionales como números enteros o está cavilando en el origen del universo. La mujer, por su parte, en este punto ya ha gritado lo suficiente para disparar las alarmas de los carros y haber concitado el concierto de ladridos de todos los perros del barrio. Nada como lo natural. Este ejercicio excesivo, además, puede causar lesiones permanentes a quienes no somos deportistas profesionales. ¿Cuántos no han tenido ruptura de ligamentos cruzados por hacer el “perreado”durante horas? ¡Miles! Y todo para ingresar al grupo de los buenos polvos. ¡Que estupidez! Por ello, como dice el maestro Samper, es mejor declararse un mal polvo y no someterse a este tipo de tortura.
En este punto se debe aclarar que no estoy en contra del sexo sino de las prácticas antinaturales que este lleva. El sexo, ¡como negarlo!, me gusta muchísimo, pero me gusta como hacer otras cosas. Sólo eso. A mí, por ejemplo, me fascina comer carne. Pero ello no quiere decir que la coma doce veces al día, o que en cada ingesta embuta dos kilos de ella. No, para nada, entonces ¿por qué hacer eso con el sexo, que es, finalmente, un placer más?…








